A continuación uno de los más recientes relatos del hermano Karze, sin duda uno de los mejores escritores de relatos que he visto.
- Ven, no tengas miedo, nosotros te mostraremos la luz, ven no tengas miedo…
La voz susurraba sin cesar, el sonido de la voz le envolvía, melodiosa, seductora, era casi imposible resistirse a ella.
- nosotros te mostraremos la luz, te daremos el poder de caminar entre las tinieblas, ven, no tengas miedo…
La voz prometía tantas cosas, el poder, la invencibilidad, con ese poder podría hacer tantas cosas… de cualquier otra persona se habría reído por ofrecerle cosas imposibles como aquellas, pero la voz tenía razón, él lo sabía, la voz podía darle todo lo que ofrecía.
- tus enemigos se arrodillarán ante ti, todos suplicarán clemencia, construirás un nuevo Imperio, más fuerte, brillante… brillará más que todas las estrellas del Universo juntas, por siempre.
Era tan fácil, solo tenía que seguirla, hacer caso a la voz, todo eso y mucho más, una humanidad libre, el sueño dorado por fin alcanzado.
- ¡Ven!
Por un momento la voz dejó de ser harmoniosa, como si de pronto fuese áspera, se estremeció, esa no era la voz de antes, ¿por qué cambiaba la voz? A él le gustaba la de antes, no esta.
- Ven, ven, ven, ven, ven, ven…
Ya está, ahora era la misma voz de antes, tan dulce, tan cariñosa, tan real… tenía que ir a donde la voz quería.
Y así como su última voluntad se desvaneció, se giró y avanzó hacia donde la voz le ordenaba.
- El Emperador es un cadáver putrefacto, es el tirano de la humanidad, en su nombre se han cometido los peores crímenes, renuncia al Emperador, libra a la humanidad de la sombra de su cadáver.
Algo fallaba, su mente aún se intentaba resistir, el Emperador no era un tirano, era Él, en su magnificencia, el protector de la Humanidad, su guía…
Pero la voz ordenó algo y su mente se llenó de imágenes de pesadilla, crímenes en Su nombre, poder desmesurado, el fin de la libertad, el fin de la humanidad, sangre, dolor, decenas de miles de millones de almas agonizaban por todo el Universo bajo Su mentira. Y en todas y cada una de las imágenes aparecía una figura, una armadura inscrita con todos los crímenes de la humanidad, una espada cuyo nombre hacía temblar a los falsos seguidores del Emperador, era él mismo, Isaac, paladín del nuevo Imperio.
Su armadura brillaba como la de un dios, sus enemigos sucumbían ante su mera mirada, millones de mundos eran salvados en su nombre, los templos se erguían para adorarle. Él tenía el poder para erradicar todos los males de la humanidad y conducirla a una era de esplendor como jamás se había conocido.
Era Isaac, el paladín del Nuevo Imperio.
- Arrodíllate ahora, jura lealtad a tu nuevo Dios… será la última vez que tengas que arrodillarte.
“No puedo, soy un hereje, merezco morir… ¿es hereje aquel que solo desea lo mejor para la humanidad?... ¿Quién eres? ¿Realmente puedo dirigir a la humanidad a esa era dorada?...Yo soy tú, el paladín del Nuevo Imperio, juntos haremos todo lo que ves y mucho más – su mente volvió a llenarse de imágenes de gloria, heroísmo, liberación – todo ese poder está al alcance de tu mano, solo tienes que arrodillarte, solo tenemos que arrodillarnos…No, no, no, no… Si…No, no… Sí, ¡sí!...
- Yo, Isaac, antiguo ciego seguidor del falso Emperador juro lealtad al Dios de Todas las Cosas, único Dios, que él y su gracia me conviertan en el paladín del Nuevo Imperio… ¡Alabado sea Tzeentch!
La figura de Isaac se estremecía en el suelo de su celda, el sudor recorría su espalda desnuda, el pelo se apelmazaba en su frente, por unos momentos, mientras recitaba estas palabras de inmenso poder sus ojos se pusieron en blanco.
La oscuridad de la celda fue violada por una descarga de energía de inmenso poder, una tormenta en miniatura recorrió la celda, el cuerpo de Isaac, arañó y calcinó las paredes. Miles de voces y aullidos que solo él oía recorrieron el espacio y el tiempo a su alrededor.
“¿Ves?, no ha sido tan difícil, ahora somos el Paladín del Nuevo Imperio, hágase la voluntad de El que Cambia las Cosas…si, ha sido fácil, ahora somos el Paladín del Nuevo Imperio, nuestra senda entre los dioses nos aguarda, ¡Vamos!”
Isaac se irguió en toda su estatura de sobrenombre, una nueva armadura a medida había sustituido a su antigua armadura de Cuchillas del Emperador. A su lado yacía una espada, apenas rozó su empuñadura pudo sentir la furia que manaba de ella.
Salió de su celda, abrió la puerta de golpe, avanzó por los pasillos de la nave matando a todo servidor que se cruzaba en su camino, ninguno era rival para él.
En los pasillos superiores se cruzó con algunos de sus hermanos, ninguno fue tampoco rival, descansando, sin esperarse el golpe, todo fue como un suspiro.
Pasillo tras pasillo, rostros que antes conocía, más sangre, purgar cada rincón, avanzar, subir escalerillas, más servidores, ahora un hermano, el viejo sargento, una finta, un golpe, más sangre, más rostros, un comedor, otro pasillo, la cámara del hermano codiciario Phemeus. Por fin un rival, una vida que segar, un adorador del falso Emperador, un ciego.
Isaac avanzó la mano protegida con un guantelete recubierto de la sangre de sus antiguos hermanos hasta la puerta, la espada el mano derecha, en guardia, preparada para avanzar en una estocada mortal en cuanto la puerta se abriese. Comenzó a empujar la puerta, el cuerpo en tensión, una gota de sudor, sería un combate duro.
Abrió la puerta y entró como una tromba, decapitó a un servidor que se encontraba a la derecha y atravesó desde la clavícula hasta la ingle a dos más que había en una posición más avanzada. Supo que algo iba mal, lo supo desde ese mismo momento, cuando ya había entrado por completo en la cámara.
Hacía demasiado frío, un frío que se adhería a los huesos, un frió que reconoció como el que se ocultaba tras la voz de su Dios. La sombra de Phemeus ni se había inmutado, sentado en su escritorio, rodeado de viejos códices, meditando, como si él, Paladín del Nuevo Imperio no hubiese entrado y asesinado a tres de sus servidores, como si jamás hubiese existido.
Avanzó hacia la luz que proyectaban unas velas, hacia el escritorio, la espalda indefensa de Phemeus, ¿vestía su armadura, o solo llevaba una túnica?
Intentó dar otro paso, pero un gran dolor le detuvo en seco, un murmullo recorrió la sala, Phemeus estaba rezando, convocando una oración que le quemaba desde dentro.
- Así que has llegado hasta aquí Isaac.
- Ahora sirvo a un nuevo Dios, tú no eres como el resto, eres poderoso, ves los caminos del mundo, ven conmigo, soy el Paladín del Nuevo Imperio. Necesito a seguidores como tú, para acabar con el falso Emperador y liberar la humanidad, ¡ven conmigo!
- No eres más que un vulgar hereje – su voz era fría, como el silbido de una serpiente, imposible saber que era más fría, la estancia o la voz.
- ¿un vulgar hereje?, estáis equivocados, la voz me lo ha dicho, yo liberaré al mundo, no me falles hermano, ven conmigo, ¿quieres el reinado de todo un sector? lo tendrás, ¿es que quieres el reinado de todo un segmentum? ¡También puedo ofrecértelo! La voz me ha dado poder, puedo hacer esto y mucho más.
- No eres más que un vulgar hereje, te mataré y escupiré sobre tu cadáver, por la gloria del Emperador y… - Phemeus se estremeció, sus músculos en tensión, su voz ya no era fría, tenía el calor del odio -… como venganza por los hermanos a los que has asesinado. EL culpable soy yo, jamás debí de permitir subir aquella blasfema reliquia a bordo, pero me arrepiento de mis pecados, y purificaré mi alma de ellos bañándola en tu sangre.
Isaac no esperó más, lanzó un bramido y se abalanzó empuñando su espada a dos manos contra el escritorio. La pesada hoja hizo añicos el asiento de madera, atravesó el escritorio, cortó volúmenes de cientos de años de antigüedad en dos y hasta arañó el suelo con un lastimero gemido. Pero Phemeus había sido más rápido.
Atacó desde la derecha, Isaac detuvo su golpe a duras penas, se separaron de nuevo y volvieron a embestir, una y otra vez. La guardia de ninguno de los dos tenía ninguna abertura, sus rostros se bañaban en sudor y en sus miradas solo había odio.
Isaac bramó de nuevo, pudo sentir como el poder de la voz le recorría, como la esencia de la espada ronroneaba, cargó y su golpe atravesó con una fuerza demoníaca la guardia de Phemeus, pudo sentir como la hoja atravesaba la armadura entre la hombrera y las placas del pecho, como la carne, músculos y huesos eran atravesados como si fuese papel, la punta de la hoja atravesó a Phemeus y se clavó en la pared, pudo sentir también como la espada se saciaba, como las imágenes de gloria y esplendor volvían a su mente.
No pudo evitar gritar y declarar su triunfo.
- Has querido cerrar los ojos a la Verdad, Phemeus, no he podido hacer nada por tu alma.
La respiración de Phemeus se hizo entrecortada, sus ojos se nublaron, sus músculos se destensaron, intentaba en vano extraer el poder de la disformidad para acabar con él. Pero él, Isaac el Paladín del Nuevo Imperio, era ahora mucho más poderoso de lo que Phemeus jamás había sido.
No necesitaba extraer el poder de la disformidad, sencillamente ese poder imbuía su cuerpo y palpitaba junto a su corazón, con un inofensivo movimiento de mano sumió a Phemeus en un infierno inimaginable de dolor y agonía mental, un ataque que habría matado a cualquier hombre normal.
Mientras el cuerpo de Phemeus se desplomaba Isaac sintonizó su mente con la suya, vació un torrente de dolor en la torturada mente del codiciario y de pronto se quedó petrificado, sintió una tercera presencia, él mismo, Phemeus y una presencia de cientos de años de vida.
El espíritu de la nave, y una última orden de Phemeus.
Bajo sus pies, tras muchas capas de protección, los motores de disformidad comenzaron a ronronear, antes de que el cuerpo inerte de Phemeus tocase el suelo la nave ya había cumplido su orden: perderse en la disformidad, navegar a la deriva por ella.
A muchas estrellas de distancia el señor del capítulo de las Cuchillas del Emperador recibió afligido la noticia de la pérdida de una de las naves en la disformidad, tragada sin previo aviso mientras estaba estacionada junto al resto de la flota. Un nuevo golpe del archienemigo.
Pero Isaac reía, reía por que no temía vagar en la disformidad durante siglos, tal vez incluso pasarían milenios en el mundo real, pero él volvería. Poco a poco se sumió en la locura, los segundos parecían años, los años se le antojaban minutos. Mancilló los cuerpos de todos sus hermanos, devoró todos los tomos de Phemeus, estudió artes cuya existencia desconocía… e intento cientos de veces ponerse en contacto con un dios que le había abandonado.
Había fracasado, no era el Paladín del Nuevo Imperio “No eres más que un vulgar hereje” se dijo a si mismo mientras sentía que su propia espada le devoraba las entrañas. La espada se sació de la sangre de su propio amo.
Escrito por Karze.