La Torre de los Ángeles

miércoles, 04 de abril de 2007

Otro relato rescatado del olvido, uno de los últimos que he escrito y uno de los que más me gusta. Os dejo con él sin más preambulos.

Sus sentidos mejorados le permitían distinguir el zumbido de los speeders por encima del ronroneo de los motores de las motos. Gideon, el Gran Señor del Ala del Cuervo estaba al mando de la fuerza de combate, y avanzaba por el flanco derecho con su speeder al frente de otros seis. La otra parte de la expedición consistía en cuatro escuadras de motocicletas con algunas motos de ataque asignadas, y Luciel, como capellán de la compañía, estaba al mando de ellas. El plan era pillar a los traidores con la guardia baja y desbordarlos por los extremos de su línea de combate. Era más fácil de decir que de hacer, lo traidores de la legión alfa no se caracterizan precisamente por planificar las cosas a la ligera y habían tenido tiempo para prepararse.

Los motores gimieron al ponerlos a máxima potencia lanzándolos a toda velocidad por el borde de las líneas enemigas y entonces giraron para lanzarse contra el enemigo. A pesar de lo imprevisto del ataque, los herejes comenzaron a disparar con sus bolters causando alguna baja entre los motoristas pero incapaces de detener su avance. Las motos de ataque comenzaron a lanzar destrucción en forma de fuego de bolter pesado y cañón de fusión mientras las primeras escuadras entablaban combate abrasando al enemigo con sus lanzallamas y rematándolos con sus armas de corto alcance. Luciel avanzaba dando tajos con su crocius procurando frenar su avance tan poco como fuera posible, apoyado por el hermano sargento Anón que se abría camino con su arma de energía. De repente, el capellán se encontró frente a él a un deforme paladín de los poderes oscuros armado con un puño de combate que crepitaba energía. Aquella atrocidad de ser le repugnó hasta el punto en que giró la moto bruscamente, apeándose con una agilidad impropia de una mole de su tamaño y, enfundando su pistola bólter, asió el crocius con ambas manos y se lanzó contra él. Descargó toda su furia en un potente golpe que atravesó la hombrera llegando a rozar la putrefacta carne del hombro del paladín, teniendo que dar un fuerte tirón para poder sacar el crocius. Apenas había sido un rasguño, pero lo había pillado desprevenido. El paladín retrocedió un par de pasos sorprendido por el ataque y acto seguido trató de devolver el golpe con su puño de combate. El combate se transformó en una serie de golpes, contragolpes y fintas, siendo incapaces de romper el uno la guardia del otro. Así fue hasta que un marine traidor, buscando la gloria se lanzó contra el capellán disparando e impactándole en la pierna. Luciel se giró rápidamente y de un solo tajo acabó con el entrometido, pero ese momento de distracción fue suficiente como para permitir que el paladín le golpease con el puño de combate en pleno pecho, haciéndolo caer con la armadura destrozada y muy gravemente herido. El capellán tuvo que reunir todas sus fuerzas para dominar el intenso dolor que lo recorría, mientras veía al paladín acercarse triunfalmente por su izquierda. El traidor, que lo daba ya por derrotado, se acercó demasiado sin tomar ninguna precaución y Luciel aprovechó para provocarle un profundo corte a la altura de una rodilla, haciéndolo caer, y tal y como la corrupta armadura cayó al suelo, dio un segundo golpe, esta vez en el casco, acabando con el traidor.

Luciel trató de levantarse pero fue en vano, probablemente tendría la columna destrozada por el golpe, y apenas le quedaban fuerzas para mantener la consciencia. Finalmente, ni tan siquiera le quedaron fuerzas para eso y se sumió en la oscuridad.

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Tenía la sensación de no tener cuerpo. No podía sentir prácticamente nada, sólo podía oir algunos sonidos a su alrededor, alguna conversación en voz baja. Poco a poco, pudo empezar a abrir los ojos y la luz le cegó. Un nuevo intento, y tras parpadear varias veces para que sus ojos se acostumbraran pudo distinguir una monumental silueta frente a él, inclinado para quedar cara a cara. Luciel sonrió, o al menos hizo lo más parecido que podía hacer a una sonrisa. La cara frente a él era la del propio Gideon y reconocía la habitación a su alrededor como una de las que formaban la enfermería del Crucero de Asalto Garra del Cuervo. Gideon habló y su voz sonó cálida, grave, penetrante, dominando cualquier otro sonido de la sala.

- No te esfuerces hermano, reserva tus energías. Estás muy gravemente herido, los apotecarios dicen que tu cuerpo está más de toda cura posible. El hermano bibliotecario y yo mismo hemos decidido que tus valerosas acciones de este día, así como aquellas que te han acompañado en tu vida al servicio del Emperador, te han valido el derecho a servir en nombre de nuestro Capítulo y el León incluso más allá de la muerte. Hemos enviado mensajes a la flota principal y estamos seguros de que el resto del Círculo también lo considerará así. La cuestión es: ¿Aceptas este deber y el honor de combatir por nuestro padre Lion y el Emperador nuestro Señor hasta más allá de lo que ya te han exigido?

Luciel trató de hablar, pero la voz no salía, sus dañados pulmones apenas podían impulsar aire bastante para mantenerlo con vida. En un esfuerzo titánico, reunió una bocanada de aire y lo expulsó en la forma de una sola y casi inaudible palabra: "Acepto". Vio una ligera sonrisa de aprobación en la cara del Gran Señor y se dejó arrastrar nuevamente a la oscuridad que lo reclamaba ansiosa.

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Transcurría un momento eterno, un instante equivalente a una fracción de un parpadeo, y sin embargo su duración parecía eterna. En sus momentos de agonía había estado rezando en su ser más profundo y esa sensación quedó atrapada en su alma, intensificada por un tiempo que no era tiempo, atrapado en un no ser. Entonces le llegó un...¿sonido? lo hubiese descrito como un sonido, aunque no era exactamente lo que se entendería como tal. Poco a poco todos los sistemas fueron activándose y comenzó a recibir imágenes y a sentir su cuerpo...solo que no era su cuerpo, aquellos potentes músculos de metal no eran los suyos, aquellas armas no eran sus brazos y aquella mole metálica no era su cuerpo. Al menos no totalmente. Su destrozado cuerpo se encontraba flotando en un campo de estasis, limitado por un sarcófago blindado embebido en la espectacular maquinaria de un dreadnought y unido a él mediante cables y tubos que le proporcionaban información del exterior y a través de los cuales manejaba su nuevo cuerpo con la misma facilidad con lo que lo había hecho con su cuerpo anterior. Observó al tecnomarine mientras recitaba las últimas oraciones al Dios-Máquina, y al acabar dio unos pasos atrás haciéndole señas para que moviese su nuevo y pesado cuerpo hacia delante.

- Hermano, perdónanos por despertarte de tu merecido descanso pero tu sabiduría en combate es requerida. Le llevaré a su transporte si me sigue.

Con estas palabras el marine de armadura color rojo oscuro se dio la vuelta y se dirigió hacia una gran puerta metálica. Luciel lo siguió maravillándose de cómo, de manera instintiva, sabía moverse y controlar a la perfección aquel instrumento de la ira del Emperador. Caminó hacia la gran puerta y cuando estuvo lo bastante cerca se pudo ver reflejado en ella: una gigantesca bestia metálica pintada de color negro y decorada con calaveras, de acuerdo a la armadura que había usado como capellán. Su frontal derecho estaba pintado de color blanco amarillento, luciendo la insignia del Ala de la Muerte, y en la protección de una de sus piernas portaba la ingisnia de la tercera compañía, en la que había combatido hace mucho tiempo. Observó las grandes armas que flanqueaban el cuadrado casco: un lanzamisiles y unos cañones láser acoplados. Con una punzada de nostalgia se fijó en el libro sujeto a su frontal izquierdo: aquele había sido su libro de rezos. ¡Cuántas veces lo había sostenido entre sus manos! Unas manos que ya no volverían a tocar nada más. El silbido hidráulico de las puertas al abrirse lo sacó de su ensoñación y se dio cuenta de que no era momento para recuerdos ni nostalgia: era momento para combatir por el León y el Emperador una vez más. Cruzó la puerta que lo llevaría al combate y esta se cerró tras él.

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